el cónclave de las sombras

Mi nombre es Bram, y estoy aquí para compartir contigo mi testimonio sobre la Mansión Somnervile. Aquí el tiempo no transcurre como en el resto del mundo, solo se acumula como el polvo sobre los marcos dorados de los lienzos abandonados al olvido. Hay rincones en esta mansión donde el aire se siente denso, como si las exhalaciones de quienes habitaron estos pasillos hace siglos se hubieran quedado atrapadas entre las molduras y los terciopelos ajados. 

Entre estos muros de piedra negra y húmeda, el silencio no es ausencia de sonido, sino una presencia que te observa, una entidad que aguarda en los rincones más sombríos, a la espera. Aquella noche, el aire pesaba más de lo habitual; la humedad del lago se filtraba por las rendijas de las ventanas como dedos espectrales, y las sombras parecían estirarse más allá de lo físicamente posible, reclamando su dominio sobre la piedra antigua. 

La Mansión Somnervile se preparaba para recibir a quienes, al igual que sus dueños, ya no pertenecían del todo a la vida que crece bajo la dorada luz del sol.

Fui yo quien abrió la pesada puerta de roble cuando el carruaje de los Blackwood se detuvo frente a la escalinata de mármol negro. Arthur Blackwood descendió primero, una figura de autoridad sombría que parecía arrastrar consigo la niebla del norte. A su lado, la dulce Eliza Moon caminaba con una nueva y gélida serenidad. Tras haber aceptado quedarse en el mundo de los espejos para contener la maldición de su estirpe, su piel reflejaba la luz de las antorchas con una palidez mineral, muy similar a la de su amante.

—Bienvenidos —anuncié, inclinándome ante ellos con solemnidad—. Pasen, los señores Somnervile aguardan en el comedor.

Al incorporarme, mis ojos se encontraron con los de la invitada. Eliza Blackwood me dedicó una sonrisa de una frialdad absoluta; ya no era la joven restauradora que una vez temió a las sombras entre pinceles. Sus ojos verdes brillaban ahora con una luminiscencia dorada y violeta, tan característica del reino del espejo del que ahora es señora indiscutible. En su mirada residía el poder de quien ha aceptado que su reflejo es su verdadera esencia.

Mientras los pasillos, envueltos en una decadencia aristocrática, parecían exhalar un aliento frío y unos susurros ininteligibles ascendían desde las profundidades, allí donde Julian ocultaba su laboratorio de esencias, avanzamos hacia el elegante comedor donde se serviría la cena.

Julian Somnervile los recibió con una cortesía mecánica, pero fue la entrada de Vesperine lo que hizo que las llamas de los candelabros se agitaran. Ella no caminaba, se materializaba entre las sombras con una gracilidad que rozaba lo sobrenatural. La cena comenzó con un silencio que solo el tintineo de la plata se atrevía a romper.

—Brindemos por el arte y eternidad —comenzó a decir Julian, alzando su copa de cristal—. Dos conceptos que a menudo se confunden con la salvación, cuando en realidad son prisiones de lujo. ¿No es así, señor Blackwood?

Arthur mantuvo la mirada, firme y protectora sobre Eliza, acariciando su muslo por debajo de la mesa de ébano. 

—La eternidad es un precio que algunos estamos dispuestos a pagar por mantener el delicado equilibrio que hace posible la vida —respondió él—. Aunque signifique vivir entre sangre maldita y reflejos de otros tiempos...

Vesperine, sentada frente a Eliza, se inclinó hacia delante. Sus ojos brillaban con una fascinación depredadora al observar como la piel de la restauradora temblaba bajo el tacto de su captor. 

—Te cuento un secreto, querida Eliza —susurró, ignorando el resto de los comensales—. Con tu decisión has preservado el legado de tu familia, pero al hacerlo, has impuesto tu propia condena. En Somnervile sabemos que el arte no es un refugio; es un espejo que nunca deja de exigir su oscuro tributo.

Eliza no apartó la vista. La mujer que una vez fue una joven temerosa ahora hablaba con la voz de quien ha pactado con lo prohibido. 

—He elegido mi destino, Vesperine —sentenció ella con voz firme—. Si la libertad es más aterradora que la propia prisión, prefiero ser el reflejo que guarda la puerta para que nadie más sufra la oscuridad que yo habito por decisión propia.

La charla fluyó entre secretos que harían sangrar los oídos de cualquier mortal. Hablaron de lienzos que respiran y de cómo la verdadera belleza solo surge cuando algo se atreve a marchitarse definitivamente.

Julian y Arthur, alejados de la mortecina luz de los candelabros de plata que vestían la mesa, discutieron la naturaleza de sus negocios: el tráfico de almas condenadas que servían de base para las creaciones más oscuras y la destilación de esencias irresistibles que solo se obtienen en el umbral de la más profunda desesperación. Arthur observaba con una mezcla de curiosidad y cautela los guantes negros que Julian no se había quitado en toda la velada; el Conde los llevaba para ocultar que la grieta ya había brotado en su piel, una marca de la corrupción que avanzaba imparable y el motivo principal por el que se había citado con Blackwood: necesitaba la estabilidad de un linaje que conocía bien el precio de contener el horror.

A su lado, Vesperine ya empezaba a mostrar los estragos de su propia caída. Su elegancia habitual se veía empañada por una languidez enfermiza y esa mirada perdida que delataba su creciente adicción al opio, el único refugio capaz de acallar los susurros de la mansión que la atormentaban cada noche.

Fue entonces cuando Julian, con una sonrisa gélida, mencionó la existencia de una joven restauradora, compañera de profesión de Eliza, que había llamado poderosamente la atención de Madame Valerius; al parecer, la pureza y calidad de su esencia eran tan extraordinarias que ya se habían convertido en objeto de deseo en los círculos más profundos del abismo.

Cuando la cena llegó a su fin y los guié hacia el vestíbulo para su partida, el ambiente se volvió eléctrico. Vesperine se acercó a Eliza por última vez, rozando el delicado oído de la joven recién transformada con su aliento frío, cargado de un rastro dulzón y narcótico:

—No temas a lo que falta en tu alma, teme a lo que empezará a sobrar ahora que eres parte del lienzo eterno de Nergal.

Arthur envolvió a Eliza en su abrigo con una posesividad que rozaba lo violento, sintiendo la urgencia de abandonar aquellas paredes que parecían absorber sus pensamientos y juzgar sus pecados. La relación entre ambos había mutado en algo oscuro y fascinante; ya no era el protector y la protegida, sino dos depredadores de diferentes reinos alimentándose de una misma devoción prohibida. Mientras él la estrechaba contra su pecho, Eliza se dejaba hacer, mostrando esa nueva sumisión altiva de quien sabe que ha conquistado el abismo.

es momento de decidir

Si has leído Pinceladas de Sangre, ya has reconocido a Arthur y Eliza, ¿verdad?

Pero... ¿Quién es Julian Somnervile?

ESCUCHA A TU INTUICIÓN

Y recuerda, nada es lo que parece tras estos muros.

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