¡Hola a todos! Soy Eliza, y Celia me ha invitado a este espacio para contaros cómo estoy viviendo este verano. Créanme, después de lidiar con los oscuros secretos de la estirpe Blackwood, espejos malditos y fuerzas que desafían toda lógica, mi lista de "imprescindibles" para unas vacaciones es bastante... específica. Básicamente, se resume en: cero sobresaltos sobrenaturales y máxima dosis de belleza antigua y tranquilidad.
Así que, mi santuario elegido para la mayor parte de este verano ha sido una magnífica mansión ancestral en la campiña inglesa. No es un simple capricho; este lugar funciona como un prestigioso centro de restauración de arte. Podría decirse que mi vocación de restauradora se funde a la perfección con mi necesidad de paz. Aquí, las paredes respiran historia, pero una historia tangible, de pinceladas y siglos, no de espectros o murmullos de ultratumba.
Mis Días de Restauración y Refugio
Mi planning vacacional aquí es casi una terapia. Cada mañana, me sumerjo en mi taller. Actualmente, estoy trabajando en un tapiz medieval increíblemente detallado y en la restauración de un retrato renacentista, cuyos colores, pese al tiempo, siguen vibrando. Mis herramientas son mis únicas compañeras: pinceles finísimos, lupas, y la paciencia infinita que requiere cada puntada, cada trazo. Hay una satisfacción profunda en ver cómo la suciedad de siglos y los pequeños desperfectos se desvanecen, revelando la gloria original de la obra. Es un proceso metódico, absorbente, que me permite desconectar por completo de cualquier otra preocupación.
Por las tardes, el plan es igualmente sencillo y reparador. Me retiro a la biblioteca de la mansión. Es un lugar con olor a madera antigua y papel, perfecto para perderme entre las páginas de una buena novela. Mis favoritas son los clásicos de misterio, esos donde la intriga se resuelve con lógica y no con conjuros ancestrales. Con una taza de té humeante entre las manos y el arrullo constante de la lluvia inglesa contra los ventanales, siento que el tiempo se detiene. Es el lujo de la quietud, la libertad de no tener que estar alerta por nada más allá de las revelaciones del libro.
El Giro Inesperado: Un Viaje a Florencia
Confieso que este verano estaba siendo idílico, pero un poco... predecible. Y entonces, de repente, sentí la punzada de la curiosidad, una necesidad de ver otro tipo de arte, bajo otra luz. Quizás fue el instinto, o una pequeña voz interna que me empujaba a una escapada improvisada. Así que, con un billete de tren y un pasaje de avión comprados a última hora, me dirigí a Florencia.
La ciudad me recibió con un calor diferente al de la campiña inglesa, un bullicio vibrante y el aroma inconfundible del café y la historia. Paseaba por sus calles, asombrándome con cada fachada, cada detalle arquitectónico, sintiendo la energía creativa en el aire. Y fue entonces cuando sucedió lo inesperado.
Estaba yo, buscando una pequeña librería de segunda mano que me habían recomendado, y al girar una esquina, justo frente a una coqueta tetería-librería... ¡ahí estaba Azalea! La reconocí al instante, no solo por su melena dorada y su aire de artista, sino también por el cuaderno de bocetos que lleva siempre consigo. Estaba con un chico, con gafas de color naranja y una pinta muy interesante, que luego supe que era Adrián. Parecían estar inmersos en una conversación muy animada sobre lo que supongo era arte o alguna noticia cultural.
La sorpresa fue mutua, y las risas no tardaron en aparecer. ¿Qué hacía Eliza, la restauradora de mansiones inglesas, en Florencia? ¿Y qué hacía Azalea, la artista de Madrid, tan a gusto en la ciudad del Renacimiento? Fue una coincidencia deliciosa.
Por supuesto, no pude resistirme a la invitación de Azalea para unirnos a ellos más tarde. Terminamos en una de esas terrazas florentinas con vistas impresionantes al Duomo, mientras el sol se ponía pintando el cielo de mil colores. Azalea y yo hablamos de arte, de técnicas, de la forma en que la luz incide en el mármol... mientras Adrián, el periodista, escuchaba atento, lanzando preguntas perspicaces que demostraban un interés genuino más allá de lo superficial. Fue una noche de vino y conversación ligera, un bálsamo de amistad y normalidad que, para mí, tiene un valor incalculable después de todo lo que he vivido.
Pero la curiosidad no se detuvo ahí. Mi interés por los manuscritos antiguos y los secretos ocultos me llevó a una pequeña peregrinación hacia una abadía remota en el sur de Alemania. Había oído hablar de su biblioteca, que custodiaba códices que rara vez veían la luz. Y allí, entre estanterías centenarias y el aroma a pergamino, mis ojos se posaron en dos figuras concentradas sobre un texto arcaico.No estaban de vacaciones, al menos no como yo las entiendo. Parecían inmersas en una investigación profunda, casi silenciosa, sobre un manuscrito que parecía contener más que meras palabras. Una de ellas, con una concentración tan intensa que parecía capaz de ver a través del tiempo, y la otra, observando con una quietud serena. La sorpresa fue mayúscula. Compartimos un breve, pero intenso, intercambio sobre la importancia de preservar el conocimiento, aunque nuestras razones para estar allí fueran tan distintas. Ellas, desentrañando los hilos del lenguaje y la historia oculta; yo, admirando la belleza de la caligrafía y el arte de los siglos pasados. Fue un encuentro fugaz, pero me dejó pensando en la cantidad de historias que se entrelazan en el mundo, algunas visibles, otras profundamente ocultas.
El Equilibrio Perfecto
Este verano ha sido, sin duda, una mezcla fascinante. He encontrado la calma profunda y la concentración en mi trabajo de restauración en la tranquila campiña, la chispa de la sorpresa y la alegría de una conexión inesperada en una ciudad tan vibrante como Florencia, y el asombro ante el conocimiento ancestral en una biblioteca remota con unas... particulares investigadoras. Me doy cuenta de que, incluso para alguien como yo, acostumbrada a los silencios y los misterios antiguos, el equilibrio entre la soledad creativa, la buena compañía y los descubrimientos inesperados es el verdadero secreto para un verano perfecto.
Ahora, quizás os estéis preguntando cómo logré salir ilesa de ese mundo del espejo, de la maldición de Blackwood, ¿verdad? Esa es una historia... complicada. Una que, quizás, tengamos que dejar para desentrañar en 2026. Por el momento, ¡estamos de vacaciones!
Y a vosotros, ¿os gusta que vuestro verano sea planificado o que esté lleno de sorpresas inesperadas? ¡Contadme en los comentarios!
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